Los fenómenos paranormales de la Casa Matusita

Todo el mundo en Lima sabe dónde queda la Casa Matusita. Es una residencia antigua ante la cual los que creen en historias de fantasmas recomiendan pasar con respeto; y los que no creen, aconsejan lo mismo, por si acaso. Todos han escuchado historias sobre la segunda planta de esa casa del Centro de Lima, de aparecidos o experiencias terroríficas, y muchos aseguran saber algo.

 

Los fenómenos paranormales sacuden la Casa Matusita

 

El paroxismo del rumor estalló una tarde de mediados de los años ochenta en que un taxista dejó en su destino al único hombre de quien existía la certeza de que entró al recinto prohibido, el desaparecido presentador de televisión Humberto Vílchez Vera. «Ése es Vílchez Vera, el que entró a Matusita», dijo el taxista reconociendo a su pasajero, con aire de quien revela un secreto flagrante. «Lo sé porque yo lo traje de la casa aquella noche. Lo recogí medio loco echando babas verdes por la boca», aseguró. Dentro del automóvil una joven agraciada le corrigió con un acento colombiano. «Señor, eso no es cierto. Él jamás entró en Matusita».

 

El taxista, quizá confiado por el acento extranjero de quien le hablaba, le increpó. «¿Y usted cómo lo sabe?». «Porque el señor Humberto Vílchez es mi esposo», respondió la mujer. El taxista agachó la mirada, pidió disculpas y continuó mudo el resto del camino.

 

Los muros de ese segundo piso están impregnados de misterio. Hay quien jura y perjura que la culpa de todo la tuvo Parvaneh Dervaspa, una bruja inglesa «descendiente directa del Imperio Persa», según se repite en numerosos foros de internet. Ella llegó a Lima en 1753, «cuando las aguas del puerto del Callao se encontraban extrañamente embravecidas para la temporada». Un año después la Santa Inquisición la quemó. La historia tiene cierta dosis de romanticismo, pero también un importante error: la que sería conocida como Casa Matusita no fue construida hasta casi un siglo y medio después. También se dice que la construcción fue el escenario de un asesinato masivo:

 

  1. Un hombre de origen asiático encontró a su esposa con otro, la mató y después acabó con la vida de sus hijos.
  2. Una española terminó con su marido porque la maltrataba, y también se deshizo de su descendencia.
  3. Dos criados, en venganza contra su tirano amo, le pusieron una droga en los alimentos durante una cena de gala para que hiciera el ridículo, aunque los efectos se desbordaron y todos acabaron descuartizándose los unos a los otros.

 

En cualquiera de los casos, la leyenda continúa con los fantasmas de esas víctimas adueñándose de la casa y castigando a todo aquel que ose entrar en el segundo piso (el primero siempre ha estado libre del horror). Y siempre, siempre, se da cuenta de ruidos de muebles que se mueven, cadenas que se arrastran, sombras y apariciones.

 

Ni los archivos históricos de la Policía ni los tres tomos de Historia de la noticia, de Jorge Salazar, que recoge un siglo de crónica roja en el Perú, dan cuenta de un suceso sangriento en la zona siquiera similar. Entonces, ¿a qué se debe atribuir esa leyenda de horror?

 

La propietaria de la casa es una mujer de noventa y seis años, que goza de buena memoria. Se llama Lidia Andrade Fernández viuda de Thierry, y recuerda con cariño todos los años de felicidad que pasó en el segundo piso con sus cuatro hermanos y sus padres.

 

Ellos compraron la casa en 1925. Andrade vivió allí desde los doce años. Recuerda muy bien los detalles: los techos eran «altos y las cornisas hermosamente talladas»; había dos salas, un comedor, un «escritorio de papá» y un «balcón redondo en la esquina de la casa y que hoy ya no existe. Un balcón único en el que a mí me encantaba estar, porque desde ahí veía las dos calles».

 

La señora Andrade sólo tiene recuerdos gratos y se enoja cuando alguien menciona los fantasmas. La única persona que falleció en esa vivienda –recuerda en la casa donde ahora vive, en un barrio residencial de Lima– fue su padre, un hombre tan «amado por el pueblo» que el propio presidente Augusto B. Leguía le llamaba El Presidentón. Murió de una muerte natural. Su esposa quiso evitar los recuerdos dolorosos y por eso, al enviudar, a mediados del siglo pasado, se marchó de la casa con sus hijos. Ésa fue la única sombra auténtica sobre el predio familiar.

 

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